They Know Us by Our Love: A Reflection on the Riot at the US Capitol

Posted January 12, 2021

They Know Us by Our Love: A Reflection on the Riot at the U.S. Capitol

by Bishop Michael F. Burbidge

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At some point in our lives, we all experience events that will be documented in history books. January 6, 2021, was one of these days.

Watching as large groups of people climbed over barricades and broke through doors and windows at the U.S. Capitol was shocking and saddening. Elected officials and staff members were told to shelter in place for a time, unclear as to what they might face as people rushed the building. Capitol police were overwhelmed as our elected officials worked to carry out their fundamental, constitutional duties related to certifying the results of the Electoral College. Tragically, due to the riot, four civilians and one Capitol police officer have died and we keep them and their families in our prayers.

The mutual respect we must have for law and order was disregarded. Rather than being treated with respect for the inherently noble work with which they are entrusted, police officers and federal agents in and around the Capitol buildings were, in many cases, attacked, injured and harassed in the line of duty. We should all thank them for their courage and service.

There is grave danger presented to us all when the U.S. Capitol and the constitutional process at the core of our democracy are the target of violent attacks and lawlessness. In many ways, fueled by social and news media, and harsh rhetoric at every level, America has declined in how we treat one another, and it has simply manifested itself in the most pernicious way in the political arena.

I pray that none of us ever witnesses such events ever again. But for us to move on from this event and chalk it up to yet another angry, violent demonstration, following a year of violence and chaos, would be a tragic mistake. Unfortunately we saw this kind of behavior in the past year, in which private businesses, federal buildings and state capitols were attacked. Last week, however, was a new, symbolic low due to the location and occasion of the riot. Consequently, we must reflect on what this means and how we avoid it going forward.

There have been many tensions growing in our country for quite some time, and our nation is desperately looking for a way out of this downward spiral. As men and women of faith, we have the answer! We know what is needed to point this great nation in the right direction. It is Jesus Christ and the truth of his Gospel, and we must be witnesses of his truth to bring about the conversion and civility this country needs. We must see Christ in one another, and, especially when we disagree, we must be respectful and loving. We also must be instruments of healing, reconciliation, and peace.

The question is not whether serious, passionate disagreement will take place within our legislative chambers, townhalls, city councils, school boards, and community associations. That will most certainly happen-and it should. The question is whether we all operate with the proper principles to guide how we treat one another.

St. John the Evangelist offers very sobering truths about how our love for one another reflects our love of God. “Beloved, we love God because he first loved us. If anyone says, ‘I love God,’ but hates his brother, he is a liar’” (1 Jn 4:19). We simply cannot hold hate in our heart and love God at the same time. The two are incompatible with one another.

In Scripture, Jesus says, “I am giving you a new commandment, that you love one another; just as I have loved you, that you also love one another. By this all people will know that you are My disciples: if you have love for one another” (Jn 13:34-35). On social media, on the street, and during a peaceful protest, we show others whom we belong to by how we love, act, and speak.

When we experience outrage at an occurrence in the political arena, we must put on the mind of Christ and embrace the moment with both conviction and love. We never compromise what we believe, nor accept what is evil and unjust. However, we must always be willing to listen to our brothers and sisters and show that we love them. It is not enough simply to hold love in our heart; we must act with love as well. For, as Saint Paul tells us, “Love never fails!”

I ask all Catholics in the Diocese of Arlington, and people of good will, to join with your families to pray for this country on a regular basis. We know that any struggle or hurt we experience can be mended and healed by Our Lord Jesus who willingly gave his life for us. May we always retreat into his divine and calming arms, as we walk humbly with our God.

 

 

Nos conocerán por nuestro amor: una reflexión sobre el asalto al Capitolio de los Estados Unidos

Obispo Michael F. Burbidge

En algún momento de nuestra vida, todos experimentamos acontecimientos que quedarán documentados en los libros de historia. El 6 de enero de 2021 fue uno de esos días.

Fue impactante y triste ver a numerosos grupos de personas que saltaban por encima de las barricadas y forzaban su entrada por las puertas y ventanas del Capitolio de los Estados Unidos. Se pidió a los funcionarios elegidos y a los miembros del personal que se resguardaran en su respectivo lugar por un tiempo, por desconocerse lo que podrían enfrentar a medida que la multitud invadía el edificio. La policía del Capitolio quedó abrumadoramente superada en número mientras los funcionarios elegidos trabajaban por cumplir con su deber fundamental de certificar los resultados del Colegio Electoral como lo manda la Constitución. Trágicamente, por causa del asalto, murieron cuatro civiles y un agente de la policía del Capitolio. Rezamos por ellos y por sus familias.

Se pasó por alto el respeto mutuo que debemos tener por la ley y el orden. En lugar de ser tratados con respeto por el trabajo inherentemente noble que se les confió, en muchos casos, los agentes de policía y del gobierno federal que estaban dentro del Capitolio y en sus alrededores fueron atacados, lesionados y acosados durante el cumplimiento de su deber. Todos debemos expresarles nuestro agradecimiento por su valor y servicio.

Todos corremos un grave peligro cuando el Capitolio de los Estados Unidos y el proceso constitucional que es el centro de nuestra democracia son el blanco de ataques violentos y de ilegalidad. En muchas formas, con el impulso de las redes sociales y los medios de comunicación, a lo cual se suma un discurso hostil en todo nivel, los Estados Unidos de América han decaído en la forma que nos tratamos los unos a los otros y sencillamente se han manifestado de la forma más perniciosa en el campo político.

Ruego que ninguno de nosotros vuelva a presenciar jamás esa clase de acontecimientos. Sin embargo, después de un año de violencia y caos, sería un trágico error pensar en salir de este suceso reemplazándolo con otra manifestación airada y violenta. Por desgracia, vimos esta clase de comportamiento el año pasado cuando se perpetraron ataques contra empresas privadas, edificios federales y capitolios estatales. Sin embargo, la semana pasada trajo un nuevo y simbólico espiral descendente por causa del lugar y de la ocasión del asalto. Como consecuencia, debemos reflexionar sobre lo que eso significa y cómo podemos evitarlo de aquí en adelante.

Por bastante tiempo, ha habido tensiones numerosas y cada vez mayores en nuestro país y la Nación busca desesperadamente salir de este espiral descendente. Como hombres y mujeres de fe, ¡tenemos la respuesta! Sabemos qué se necesita para encaminar a esta gran Nación en el sentido correcto. La respuesta está en Jesucristo y en la verdad de su Evangelio y debemos dar testimonio de su verdad para lograr la conversión y la civilidad que necesita este país. Debemos ver a Cristo en nuestro prójimo y, particularmente cuando estemos en desacuerdo, demostrar respeto y amor. También debemos ser instrumentos de sanación, reconciliación y paz.

El interrogante no radica en determinar si hay un desacuerdo serio y vehemente dentro de las cámaras legislativas, las alcaldías, los consejos municipales, las juntas escolares y las asociaciones comunitarias de nuestro país. Seguramente eso sucederá y debe suceder. El interrogante radica en determinar si todos obramos dentro de los principios apropiados que rigen la forma de tratarnos los unos a los otros.

San Juan, el Evangelista, cita verdades muy aleccionadoras de la forma en que nuestro amor por el prójimo refleja nuestro amor por Dios. “Queridos hermanos, nosotros amamos porque Dios nos amó primero. El que dice Amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso” (1 Juan 4:19). Sencillamente, no podemos albergar odio en nuestro corazón y amar a Dios al mismo tiempo. Esas dos cosas son incompatibles entre sí.

En la Sagrada Escritura, Jesús dice: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto, todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”. (Juan 13:34-35). En las redes sociales, en la calle y durante una protesta pacífica, mostrémosles a otros a quién pertenecemos por nuestra forma de amar, obrar y hablar.

Cuando sentimos indignación por un acontecimiento en el campo político, debemos pensar como Cristo y enfrentar el momento con convicción y amor. No comprometamos nunca nuestras creencias ni aceptemos el mal y la injusticia. Sin embargo, siempre debemos estar dispuestos a escuchar a nuestros hermanos y hermanas y a demostrarles que los amamos. No basta tener amor en nuestro corazón; también debemos actuar con amor porque como nos dice San Pablo “el amor nunca falla”.

Les pido a todos los católicos de la Diócesis de Arlington y a las personas de buena voluntad que se unan con sus familias para rezar regularmente por este país. Sabemos que Nuestro Señor Jesús, que voluntariamente dio su vida por nosotros, puede resolver y sanar cualquier lucha o dolor que experimentemos. Que siempre nos refugiemos en sus brazos divinos y apacibles al caminar humildemente con nuestro Dios.