As Christians, we are called by our baptism to participate in public life and to contribute to the health and happiness of our nation and our state, including at the ballot box and especially on issues of faith and morals. I first and foremost express my sincere gratitude to the clergy, consecrated religious, and lay faithful across the Commonwealth of Virginia, and locally in the Diocese of Arlington, for their faithful witness to the Gospel of Life and for raising awareness about the threats posed by Ballot Questions 1 and 2 this election season. Our unprecedented “Catholics Vote No” initiative played a crucial role in mobilizing the faithful in each of our parishes, missions, and schools directly reaching hundreds of thousands, faithfully forming consciences, and driving voter participation throughout northern Virginia through personal appeals, public communications, and prayer and fasting. I commend and sincerely thank all who mobilized to ensure the Catholic voice was clearly heard across our diocese.
Tragically, a majority of Virginians voted this election season to insert an extreme and limitless legal right to abortion into our Commonwealth’s constitution. A majority also lamentably voted to strip objectively good and true language from our state’s constitution that upheld the truth that marriage is a sacred institution uniting one man and one woman. Despite this defeat, faithful Catholics may be consoled by the certainty that each one of us gave God our best efforts, and that he will not allow those efforts to be in vain. We know the truth, and no temporary political defeat changes this reality. Thus, we do not despair. We resolve to continue speaking the truth with love and, together, we persevere in faith and hope.
As a result of these changes to our state constitution, it is all but certain that health and safety regulations pertaining to abortion will be eliminated. Worse still, unregulated abortion, even of healthy babies up to birth and for any reason, will be possible. Fathers and mothers will be excluded from irreversible, life-altering decisions involving their underage daughters, and even non-physicians may operate unlicensed abortion businesses. Commercial surrogacy will remain free to exploit vulnerable women and violate the rights of children, and the “sex” and “gender” language in our revised state constitution will perpetuate false and life-threatening gender ideology in our daily lives.
These are troubling realities that we must confront together, confident in God’s goodness and in his willingness to pour out his grace to convert the minds and hearts of all people. Righteous change often includes setbacks, occurs slowly, yet is finally achieved in surprising and unpredictable ways.
As Catholics, we must continue and strengthen our commitment to all our brothers and sisters by speaking the truth in love and by accompanying all those in need, especially mothers experiencing difficult or unexpected pregnancies. Catholic Charities of the Diocese of Arlington will continue to serve mothers and all who seek help, including through the Mary, Mother of Mercy Medical Clinic, showing them in word and deed the love of Christ. Our Gift of Life financial assistance ministry, our parish-based Gabriel Project pregnancy support, and our diocesan pregnancy and adoption programs have transformed lives and outcomes for countless men, women, and children, and by the grace of God they will continue to do so. Project Rachel After Abortion Care, meanwhile, stands ready to serve men and women in need of healing from their participation in abortion, offering compassionate and confidential spiritual care without judgment. As she does in every time and place, the Church strives to heal whatever wounds men and women suffer. Yet, as critical as these diocesan ministries are, we should frankly recognize that they are a necessary response to political and legal injustices that must eventually be corrected through better politics and through authentic, life-affirming law and policy.
We are “one nation under God,” and this remains true even when faith and morals are defeated at the ballot box. As people of faith resolved to live by God’s divine and natural law, we recognize that fundamental truths, such as the human right to life and the sacredness of marriage, can never legitimately be put to a vote, even in a democratic nation.
Across America, as here in Virginia, advocacy and courage are now needed more than ever. We must look to God for the future presidents and governors, justices and judges, and lawmakers and policy advisors who will champion the reforms American law needs: to abolish the scourge of abortion, commercial surrogacy, and related evils, and to restore the dignity and sacredness of the marital bond in law and therefore in culture. The conversion of nations, states, and peoples is only ever possible by the grace of God, to whom we turn with confidence and hope now and always.
Sincerely in Christ,
Most Reverend Michael F. Burbidge
Bishop of Arlington
***
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Como cristianos, estamos llamados, en virtud de nuestro bautismo, a participar en la vida pública y a contribuir al bienestar y a la felicidad de nuestra nación y de nuestro estado, incluso mediante el ejercicio del voto, especialmente en cuestiones de fe y moral.
Ante todo, deseo expresar mi más sincero agradecimiento al clero, a los religiosos y religiosas de vida consagrada y a los fieles laicos de todo el estado de Virginia, y de manera particular de la Diócesis de Arlington, por su fiel testimonio del Evangelio de la Vida y por haber creado conciencia sobre las amenazas que representaban las preguntas 1 y 2 de la boleta electoral durante este período de elecciones.
Nuestra iniciativa sin precedentes, «Catholics Vote No» (Católicos Votan No), desempeñó un papel fundamental en la movilización de los fieles de cada una de nuestras parroquias, misiones y escuelas, llegando directamente a cientos de miles de personas, contribuyendo a la formación de las conciencias e impulsando la participación electoral en todo el norte de Virginia mediante llamados personales, comunicaciones públicas, la oración y el ayuno. Reconozco y agradezco sinceramente a todos los que se movilizaron para asegurar que la voz católica se escuchara con claridad en toda nuestra diócesis.
Trágicamente, la mayoría de los votantes de Virginia decidió en estas elecciones incorporar a la Constitución de nuestro estado un derecho legal extremo e ilimitado al aborto. Lamentablemente, una mayoría también votó a favor de eliminar de nuestra Constitución un lenguaje objetivamente bueno y verdadero que defendía la verdad de que el matrimonio es una institución sagrada que une a un hombre y una mujer.
A pesar de esta derrota, los católicos fieles pueden encontrar consuelo en la certeza de que cada uno de nosotros ofreció a Dios sus mejores esfuerzos y de que Él no permitirá que esos esfuerzos hayan sido en vano. Conocemos la verdad, y ninguna derrota política temporal puede cambiar esta realidad. Por lo tanto, no nos dejamos vencer por la desesperanza. Reafirmamos nuestra determinación de continuar proclamando la verdad con amor y, juntos, perseveramos en la fe y la esperanza.
Como resultado de estos cambios en la Constitución de nuestro estado, es prácticamente seguro que se eliminarán las regulaciones de salud y seguridad relacionadas con el aborto. Peor aún, será posible practicar abortos sin regulación alguna, incluso de bebés sanos hasta el momento del nacimiento y por cualquier motivo. Los padres y las madres quedarán excluidos de decisiones irreversibles, que cambian la vida, relacionadas con sus hijas menores de edad, e incluso personas que no son médicos podrán operar establecimientos dedicados a la práctica de abortos sin contar con las licencias correspondientes.
La gestación subrogada comercial continuará teniendo la libertad de explotar a mujeres vulnerables y vulnerar los derechos de los niños, mientras que el lenguaje sobre el «sexo» y el «género» en nuestra Constitución estatal reformada perpetuará una falsa ideología de género que pone en peligro la vida de las personas en nuestra sociedad.
Estas son realidades preocupantes que debemos afrontar juntos, confiando en la bondad de Dios y en su disposición de derramar su gracia para convertir las mentes y los corazones de todas las personas. Los cambios justos suelen incluir reveses y producirse lentamente, pero finalmente se alcanzan de maneras sorprendentes e impredecibles.
Como católicos, debemos continuar y fortalecer nuestro compromiso con todos nuestros hermanos y hermanas, proclamando la verdad con amor y acompañando a quienes más lo necesitan, especialmente a las madres que enfrentan embarazos difíciles o inesperados.
Caridades Católicas de la Diócesis de Arlington continuará sirviendo a las madres y a todas las personas que buscan ayuda, incluso a través de la Clínica Médica María, Madre de Misericordia (Mary, Mother of Mercy Medical Clinic), demostrando con palabras y obras el amor de Cristo.
Nuestro ministerio de asistencia económica Don de la Vida (Gift of Life), nuestro Proyecto Gabriel, que ofrece apoyo a mujeres embarazadas desde nuestras parroquias, y nuestros programas diocesanos de apoyo durante el embarazo y de adopción han transformado las vidas y las circunstancias de innumerables hombres, mujeres y niños y, por la gracia de Dios, continuarán haciéndolo.
Por su parte, el Proyecto Raquel de Atención Después del Aborto (Project Rachel After Abortion Care) está preparado para acompañar a hombres y mujeres que necesitan sanar las heridas derivadas de su participación en un aborto, ofreciéndoles atención espiritual compasiva y confidencial, sin juzgarlos.
Como lo ha hecho en todo tiempo y lugar, la Iglesia se esfuerza por sanar las heridas que sufren los hombres y las mujeres. Sin embargo, por fundamentales que sean estos ministerios diocesanos, debemos reconocer con franqueza que constituyen una respuesta necesaria ante injusticias políticas y legales que, con el tiempo, deberán corregirse mediante mejores decisiones políticas y leyes y políticas públicas auténticas que afirmen y protejan la vida.
Somos «una nación bajo Dios», y esto sigue siendo verdad incluso cuando la fe y la moral sufren derrotas en las urnas. Como personas de fe, decididas a vivir conforme a la ley divina y natural de Dios, reconocemos que las verdades fundamentales, como el derecho humano a la vida y el carácter sagrado del matrimonio, nunca pueden ser legítimamente sometidas a votación, ni siquiera en una nación democrática.
En todo Estados Unidos, al igual que aquí en Virginia, hoy se necesitan más que nunca la defensa de nuestros principios y la valentía. Debemos acudir a Dios para que surjan futuros presidentes y gobernadores, magistrados y jueces, legisladores y asesores de políticas públicas que promuevan las reformas que necesita la legislación estadounidense: abolir el flagelo del aborto, la gestación subrogada comercial y otros males relacionados, y restaurar la dignidad y el carácter sagrado del vínculo matrimonial en nuestras leyes y, por consiguiente, en nuestra cultura.
La conversión de las naciones, los estados y los pueblos solo es posible por la gracia de Dios, a quien acudimos con confianza y esperanza, ahora y siempre.
Sinceramente en Cristo,
Monseñor Michael F. Burbidge
Obispo de Arlington
